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Jue, Dic

OPINION

Cuenta el erudito predicador jesuita francés, Jacques Bénigne Bossuet, que las bibliotecas en Egipto eran las boticas del alma pues en ellas se curaba la ignorancia, la más peligrosa de las enfermedades. Ciertamente, así habría de ser puesto que la de Alejandría, capital de las tierras del Nilo,  fue la más grande biblioteca de la historia, habiendo dispuesto de un fondo cercano al millón de obras luego que, al decir de Plutarco, se incorporasen los 200.000 volúmenes de la de Pérgamo, por orden de Marco Aurelio.

Sensibilizados con respecto a la promoción de la biblioteca pública, pero predicable por extensión de la familiar o de la biblioteca escolar, en 1994,  la UNESCO en conjunción  con Federación Internacional de Asociaciones de bibliotecarios y bibliotecas (IFLA), publicó un Manifiesto donde se apostaba por la aproximación del niño a la biblioteca, cual idónea  vía o puerto local hacia el conocimiento, constituye(ndo) un requisito básico para el aprendizaje a lo largo de los años, para la toma independiente de decisiones y el progreso cultural del individuo y los grupos sociales”. 

El sentido del Manifiesto de 1994 sería compartido, sin duda, por el escritor italiano con aspiraciones pedagógicas, Edmundo De Amicis, quien estaba seguro que el destino vital de muchos infantes se hallaría condicionado a que en el hogar existiera o no una biblioteca, dando a entender los hijos de los moradores de una casa que albergara algunas estanterías repletas de buenos libros  comportaría  que los hijos de aquellos medraran en el mundo.

De esta suerte, cuando el periodista preguntó al filósofo y físico,  Mario Bunge acerca de lo afirmado por precitado novelista  Edmundo d'Amicis, le responde: “Es muy cierto. Y sí, fue mi caso. Mi padre tenía, además de sus propios libros, algunos heredados de su hermano Carlos Octavio, que era un escritor, profesor e intelectual público, y también de su padre, de modo que ahí había, por lo pronto, una gran colección de literatura española buenísima.  (…). Por eso muchas veces me pregunto por estos chicos norteamericanos que nacen en una casa donde el único libro que hay es la guía telefónica en el mejor de los casos. Es un mal muy extendido”.

Así las cosas, una de las mejores recomendaciones que se puede trasladar a los padres que aspiren a que sus criaturas lleguen a ser, lo que antiguamente se denominaban “hombres de provecho”, es la de que les inculquen la bibliofilia, comenzando por una incipiente colección de buenos libros en su habitación, ya que como pregonara el periodista inglés George Holbrook Jackson, “El amor a los libros, lo vuelvo a decir, dura toda la vida, nunca desfallece ni falla, sino que, como la Belleza misma, siempre es un placer.”