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Jue, Ago

OPINION

En torno al discernimiento del mensaje que motiva la publicación de la segunda parte del presente opúsculo, atinente al fomento de la bibliofilia infantil, no podemos omitir la contribución de Fernández Enguita, autor de más de una veintena de libros sobre educación, al señalar que “La biblioteca es, ante todo, un indicador, además de un componente, del capital cultural y escolar de la familia. Si un niño ve a sus padres leer interesados, ensimismados, riendo, etcétera, quiere aprender antes; y estos le incentivan. Y la escuela empieza masivamente por y gira hasta el final en torno a la lecto-escritura, que además es el caldo perfecto para el efecto Mateo,  (esto es), eso de que los ricos se hacen más ricos y viceversa, ya que como pregona Alfonso Echazarra, especialista del área de educación de la OCDE, “no es fácil ser pobre y tener más de 500 libros en el salón”, afirmación que podrá cuestionar algún descerebrado  apuntando a qué fue primero.

Sin menoscabo de la influencia de otros  factores o procesos, el niño aprende por mimesis, de tal suerte que, en la mayor parte de los casos, de una madre alcohólica devendrá una hija dipsómana o narcodependiente; y al padre maltratador le nacerán hijos violentos. Así,  por efecto de las neuronas espejo, viene a decir el profesor de neuro-educación, Jesús C. Guillén,  los seres humanos nacemos dotados de mecanismos que nos permiten imitar las acciones que nos sirven de referente. Los bebés, con apenas unos días de vida, son capaces de imitar expresiones faciales y, al cabo de unas semanas, ya pueden manifestar emociones básicas como la felicidad o el enfado; tal parecer es compartido por el autor del libro “El cerebro del niño explicado a los padres”, el neurólogo Bilbao Bilbao, cuando afirma que, poco más o menos, un niño de dos años no aprende a leer porque vea a sus padres enfrascados en la lectura, pero tal reiterada visión define un patrón mental que le predispondrá para su afición lectora, alejándolo del hombre al que por su falta de cultura se le suele adjetivar  con nombre de animales (perro, cerdo, burro, sabandija, gallina, …).

No es necesario interpelar más a la intuición de la buena madre o padre de familia, sino que invocar  el consejo de Don Santiago Ramón y Cajal, en el sentido de que “Es preciso sacudir enérgicamente el bosque de las neuronas cerebrales adormecidas; es menester hacerlas vibrar con la emoción de lo nuevo e infundirles nobles y elevadas inquietudes”; y que mejor modo que estableciendo una buena biblioteca en su hogar,  puesto que la familia con más libros,  como asevera el precitado Catedrático de Sociología de la Educación, Fernández Enguita, “va más a museos, ve otra televisión, otro cine, otra música, hace otro turismo, habla más y mejor, valora la escuela”; y, no menos importante, tal estado de cosas inclinará a favor del niño “bibliófilo” la rueda de la fortuna, incluyendo el radio monetario de la misma.