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Mar, Sep

OPINION

En la entrañable obra “La sabiduría recobrada. Filosofía como terapia”, la fascinante filósofa, Mónica Cavallé, señala que “La indagación de la verdad es un impulso acorde con nuestra naturaleza humana e indisociable de esta, un impulso que nos distingue de otros seres animados y nos eleva sobre ellos. Todo hombre ansía profundamente ver, comprender, y experimenta como una degradación la ignorancia y el engaño”.  Sin embargo, creemos que la aserción filosófica ha de ser matizada, ya que no siempre ni en todos los casos emerge tal compulsión humana dirigida a desentrañar lo auténtico y sus contrarios.

Aun cuando el postulado es válido como línea de salida encaminada al entendimiento  de que el ser humano viene al mundo dotado de capacidades y potencias que lo apartan inmensamente de los demás seres vivos,no deja de ser objetable, al menos en parte, la antedicha afirmación de la doctora en Filosofía, pues sucede muchas veces que las citadas facultades humanas pueden quedar larvadas o reducidas a meras expectativas embrionarias, por múltiples causas tendentes a impedir o limitar el ejercicio y  desarrollo de aquellas,aconteciendo lo pronosticado por Heráclito, en síntesis, que sabio es quien atiende a la razón, pero siendo eterna esta verdad, nacen los hombres incapaces de asumirla antes de oírla y después de haberla oído, con lo que andaríamos en los mismos andurriales por los que deambulaban los cincos monos de Stephenson.

El curso evolutivo de todos los aspectos y dimensiones de la vida y procesos del ser humano,es decir, lo que al final uno llega a ser o alcanzar,  así como el destino de cualquier ser vivo o grupo de ellos,  en concisos enunciados generales, según unos, es resultado del azar y la necesidad, teoría  defendida por los militantes del materialismo biológico; según otros, es el producto orientado por la naturaleza hacía un fin, como postulaba Aristóteles; desde otras corrientes se dirá que responden a designios divinos  de Jehová, el Tao o de cualquier otra deidad; o, en fin, como proclama el filósofo Martínez Lozano, “parece claro que los acontecimientos, por simples que sean, suelen tener un origen multifactorial”; y todo, sin descartar la vigencia de la máxima achacada a Shakespeare concerniente a que en lo proceloso o no, de la vida y el mundo, el destino o la providencia reparte las cartas, con el agravante de que éstas, sean buenas o malas, no las podemos descambiar, pero no deja de ser cierto, por incluir un estilo explicativo optimista (Seligman), que el hombre también puede plantear, pese a todo, partidas  sensatas, desquiciadas, libertinas, dichosas, desgraciadas o dilapidadoras; esto es, le es dado elegir en libertad, entre otros muchos tipos de jugadas que condicionarán, a futuro, su éxito o su ruina.

En orden a que cualquiera de los que vienen,  o ya están, en este valle de lágrimas para unos, y avance del paraíso para otros, no queden en el estado de una paupérrima consciencia estática que los mantenga empantanado sine die en el mundo de las tinieblas analfabéticas, como le ocurriera al quinteto de Stephenson, la filosofía, la psicología, la pedagogía y otras ramas del conocimiento humano, pueden hacer mucho, pero no tanto, si los llamados a inculcar los saberes, instaurar la educación o desplegar lo estímulos indispensables para suprimir o atenuar la obscuridad mental, en cada caso, no acometen las medidas o la diligencia necesaria a estos efectos. ¿Qué hacer? Sapere aude.