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Sáb, May

OPINION

En la Reina Valera de finales del siglo XVI, derivada de la Biblia de Oso, magnífica traducción del monje jerónimo español, Casiodoro de Reina (1520-1594), se proclama que Jesús “pasaba por las ciudades y aldeas, enseñando, y caminando a Jerusalén.Y le dijo uno: Señor, ¿son pocos los que se salvan? Y él les dijo: Esforzaos a entrar por la puerta angosta; porque os digo que muchos procurarán entrar, y no podrán”, (Lucas 13, 22-25). “Al oír esto, los discípulos estaban llenos de asombro, y decían: Entonces, ¿quién podrá salvarse?”, (Mateo 19:25).  Desde allá, son muchos los apologetas y teólogos que han echado quinielas para el sorteo de la salvación, sin  quese sepa a ciencia ciertaacerca del resultado ni la fecha de celebración.

Entre los quinielistas agoreros, convencidos o partidarios de mandar, según su gusto, a cuantos más pecadores mejor,  a la calderas de Pedro Botero, se hallan San Juan Crisóstomo (344-407), quien desde el púlpito arengaba que, mismamente, en la ciudad de Constantinopla con una población, en aquella época, cercanaal medio millón de almas, irían al paraíso, si acaso, un centenar de afortunados (Pablo Segneri, 1693). Frente al dubitativo pronunciamiento de San Anselmo (1033-1109), a quien le parecía que “se salvan pocos”,  el portero más inclemente de la cancela de la gloria es, casi seguro, San Jerónimo del que cuentan que al final de sus días, en presencia de sus seguidores, parece que al sintonizar con una singularísima interpretación del Capítulo 24 de Isaías, sentenció que “Apenas de cien mil, cuya vida fue siempre mala, merece uno el perdón de Dios”.

La verdad es que el equipo de los valedores proclives a la redención general están muy igualados ante el conjunto de los postulantes condenadores, pero no es menos cierto que el primer conjunto se antoja  más acreditado y conectado con el mensaje del amor redentor, de modo que San Agustín, reputado como uno de los principales filósofos del cristianismo, “dice que son muchos los que se salvan, lo cual colige las palabras del Apocalipsis (7,9) donde se afirma que vio San Juan una gran multitud de bienaventurados, lo cual sino Dios podría contar” (Hernando de Zárate, 1853). Junto al de Hipona, otro máximo referente aperturista de cielo para todos, es elapóstol San Pablo, que desde Roma (o Macedonia)escribe, hacia el año 65,  a su “muy querido hijo” Timoteo, para manifestarle que Dios “quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al pleno conocimiento de la verdad”, (1 Tim 2,4).

Las obras o dictámenes de los estudiososde la escatología, de una y otra creencia, se han sucedido en el tiempo, citándose a modo de exponente, de un lado, “Son más los que se salvan que los que se condenan” (1860), de Atilano Melguizo; y de otro, el sermón de San Leonardo de Puerto Mauricio, titulado “El pequeño número de los que se salvan” (1744).

Abstrayéndonos por un instante de la controversia acerca de si salvan sólo estos, aquellos o los de allá, es máxima común que procurando el rescate de uno mismo, se propicia el de los demás, importando mucho más el “cómo” que el cuándo, dónde o cuántos. En este sentido, equiparando conceptualmente  la salvación a ideas afines a la paz, la armonía, la hermandad, la fraternidad, y en resumen, el amor filial, la ilustración del modo de vida a la que cada cual se invita, se extrae, en el Nuevo Testamento,  de la parábola del Juicio Final (Mateo 25,35):  “tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, era emigrante y me acogisteis, estaba desnudo y me vestisteis, estaba enfermo y me visitasteis, estaba encarcelado y acudisteis”; y, en el Antiguo Testamento, en Miqueas 6,8: ¡Oh hombre!, se“te ha declarado lo que es bueno, y ¿qué pide Jehová de ti? Solamente hacer justicia, amar la misericordia y caminar humildemente con tu Dios”.