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Sáb, Dic

OPINION

A pesar de algunos autores,como  Paul Cartledge o Quinteros Barros, cuestionan la historia que presenta a Sócrates como mártir por causa de la lealtad vitalicia a sus ideas acerca de la ética, es lo cierto que la tradición ha tenido en el filósofo ateniense a un picador de garrocha y puya frente al estado de corrupción que hallaba en la sociedad en la que le tocó vivir. Si seguimos la versión del sofista Favorino de Arlés que nos aporta Diógenes Laercio, el tipo por el que se acusó a Sócrates fue el deque “quebranta las leyes, negando la existencia de los dioses que la ciudad tiene recibidos, e introduciendo otros nuevos; y obra contra las mismas leyes corrompiendo la juventud. La pena debida es la muerte”.

Dejando al margen ahora el de impiedad (asebeia), tenemos por cierto que el argumentario del  cargo de corrupción de la juventud ateniense es la fuente de inspiración a la acuden los postulantes de la supresión o reducción de las horas lectivas de la filosofía en las aulas,  con la falsa justificación de que la disciplina universal no es necesaria a los educandos de hoy día. La fermentación que promovía Sócrates entre los jóvenes era el catalizador con que esperaba que la educación hiciera frente  a la desenfrenada involución del status quo de la acrópolis del Partenón; luego entonces, habrá que gritar, ahora como entonces, con Alain Badiou: millennials y compañía, ¡dejaros corromper!; entendiéndolo en el sentido predicado por el precitado pensador marxista francés.

A parte de ser considerado por muchos como el padre de la civilización occidental, Sócrates es, sin lugar a dudas,  el más claro precursor de la Ética Política, luego muchos de éstos maestros nos hacen falta ahora, en estos tiempos que corren,  para enfrentarnos a las dos clases de partidarios de prescindir de la filosofía como disciplina académica; ya sea de los que veladamente quieren continuar con la estrategia de “pan y circo”; o fuere, de los que por pura ignorancia utilitaria ven en la sabiduría un medio para un fin, cuando  desde tiempos inmemoriales sabemos que la de Sócrates es una ciencia que posee un valor consustancial e intrínseco.

Con abstracción de la íntima estimación que repele la instrumentalidad, la filosofía es el saber que subyace y acompaña a todos los demás saberes;  es la vía transversal gnóstica a la que confluyen los restantes itinerarios de la epistemología; es el remedio para la desvinculación del tutelaje de la minoría de edad, cual “incapacidad de servirse del propio entendimiento, sin la dirección de otro”, a que se refería Kant, quien además aseguraba que, en verdad, no puede enseñarse filosofía, sino sólo a filosofar; convención a la que se apuntaría Descartes, al recalcar que vivir sin filosofar es, propiamente, tener los ojos cerrados, sin tratar de abrirlos jamás. La filosofía, en fin, según resumía el estoico Epicteto, es la matriz que gradualmente enseña a elaborar, analizar y afinar los criterios y juicios, propios y ajenos. Si nos quitan la filosofía nos quedará, Dios nos salve, el coma propio del “hipognosticista” posmoderno, que no sabe ni le importa.