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Sáb, May

actualidad

En algún momento de nuestras vidas nos hemos enterado de algo que nos produjo un enorme pesar y dolor, un nudo en la garganta, algo que nos aprieta el alma. Eso me sucedió cuando tuve conocimiento de la sentencia que afectaba a mi compañero y amigo, José Ramón Rodríguez Velo, ex alcalde de Los Marines.

Desde entonces, son miles las muestras de apoyo que se han producido, pidiendo su indulto, a través de una plataforma ciudadana surgida de manera espontánea, en solidaridad con su situación, por lo desproporcionada que es la sentencia que se ha dictado en su contra. Respeto la labor de jueces y tribunales, la de unos más que la de otros, pero no comprendo algunas sentencias que deja en evidencia aquello de que la justicia debe ser proporcionada al daño producido y, en el caso que nos ocupa, su inhabilitación y correspondiente renuncia a la alcaldía, el derribo de la construcción y la sanción económica producida, son suficiente castigo por el error cometido.

La Justicia debe estar precisamente para dar tranquilidad, ecuanimidad, soluciones... no para hacernos vulnerables e indefensos. Necesitamos tener al menos la esperanza de vivir en un mundo justo y que debemos esperar de la Justicia, eso precisamente, justicia, y no que sus decisiones nos traigan la ruina personal y familiar. Los jueces son humanos y como tales, se equivocan, porque el derecho no es una ciencia exacta, ya que las leyes cobran vida propia y el contexto social para interpretarlas varía. La función del juez no es la de, por ejemplo, un médico y se parece más, salvando las distancias, al  “hombre del tiempo”: no se le pide que acierte sino que exponga su parecer con arreglo a unos conocimientos técnicos que permiten vislumbrar la verdad pero no acertarla de forma infalible.

El propio sistema reconoce la posibilidad de error por lo que existen largas cadenas de recursos (apelaciones, casaciones y amparos varios). Y los últimos tienen la última palabra pero no siempre la palabra justa, pues tal y como afirmaba el juez Jackson, del Tribunal Supremo de EE.UU.: “No somos los últimos por ser infalibles, sino que parecemos infalibles por ser los últimos”. Por eso cuando la ciudadanía entiende que se ha producido una sentencia que, a su parecer, es desproporcionada, se pronuncia, y lo hace como puede y debe, creando una plataforma para recabar firmas de apoyo de cara a solicitar al Gobierno un indulto para un padre de familia que se equivocó, y por lo que ha pagado, para nos destrozar su vida para siempre.

En los últimos tiempos estamos viendo, casi a diario, juicios por todo tipo de delitos, en los que políticos, empresarios y hasta miembros de la Familia Real, están siendo juzgados y sentenciados por hechos deleznables impropios de personas con un mínimo de decencia y honestidad. Sin embargo, también observamos como sus castigos no tienen que ver, en absoluto, con los daños, saqueos, malversaciones, prevaricaciones, chantajes y demás que estos personajes han ocasionado a la sociedad y al erario público. Incluso hay casos en los que pasan los años y los acusados no pisan un juzgado para que den cuenta de sus tropelías, como, por ejemplo, el caso del ex presidente de la Generalitat, Jordi Pujol.

Por eso duele aún más la sentencia de José Ramón, y por eso es más incomprensible aún. Mientras unos que han hecho un enorme daño social a nuestra democracia se pasean tranquilamente, otros, por una construcción ya derribada, pueden ir a la cárcel. ¿Dónde está la Justicia?

José Antonio Cortés Rico